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The best path: from the field to the plate
Tatiana Moret

El mejor camino: de la tierra al plato

Vivimos rodeados de campos y huertos, pero compramos las frutas y verduras en la otra punta del mundo.

21 de junio de 2015

¿Alguna vez te has preguntado de donde vienen todos los ingredientes que pones en tus platos? Te sorprenderá saber que la mayoría de frutas, verduras, carnes y pescados han recorrido al menos 5.000 kilómetros antes de llegar a tu mesa.

Seguramente te harás algunas preguntas, del todo lógicas. ¿Por qué vamos tan lejos a buscar productos que podemos encontrar cerca de casa? ¿Cómo puede ser que una pera nos cueste lo mismo tanto si viene de Chile, California o del Baix Llobregat? ¿Por qué podemos encontrar los mismos alimentos en el supermercado durante todo el año? 

¿Por qué vamos tan lejos a buscar productos que podemos encontrar cerca de casa?

Iremos paso a paso. Fijaremos nuestra atención en el viaje que hace una pera desde Sudamérica, por ejemplo de Chile hasta aquí.

Los efectos de un largo viaje

El viaje de una pera desde Sudamérica hasta aquí tiene unos costes sociales, medioambientales, energéticos y económicos. La primera repercusión, y no precisamente positiva, se dará en cuanto a su calidad. Esta fruta se habrá recolectado verde en Chile y se tendrá que conservar durante todo el viaje en contenedores y cámaras frigoríficas. Está claro que no tendrá los mismos nutrientes que una pera de l'Empordà, que se ha recogido en su punto óptimo de maduración. Además, si la comemos poco tiempo después de haber sido recolectada mucho mejor, porque conservará muchas más propiedades que una pera que tiene que esperar más tiempo a ser consumida.

Uno de los otros efectos está en el transporte de toneladas y toneladas de peras, que representa una cantidad importante de emisiones de CO2 contribuyendo de forma decisiva al cambio climático. A nosotros como consumidores no nos cuesta más dinero que la pera venga de Chile o del Baix Llobregat, pero para nuestro planeta el precio a pagar es inmenso. Este coste implica contaminar nuestro cielo y nuestros mares y agotar recursos naturales como el petróleo, el gas o la electricidad. Y sólo con el objetivo de hacer posible el viaje en aviones o barcos de millones de peras de Sudamérica hasta nuestros supermercados, cuando las podemos encontrar más cerca de casa. Tengamos en cuenta este dato tan alarmante como revelador: el transporte de alimentos representa el 70% del total de desplazamientos a escala mundial.

¿Cómo se explica este modelo tan incongruente? Pues porque las peras de nuestro país tienen que competir con las peras importadas del extranjero, que a menudo son mucho más económicas debido a las condiciones injustas en que han sido recogidas y comercializadas. También deberíamos saber que si queremos comer peras de aquí, sólo se podrán recoger del mes de mayo al mes de diciembre, y si las queremos todo el año las tendremos que ir a buscar a otros países. Como consumidores también está en nuestras manos decidir si queremos comer peras durante todo el año con el coste energético que comporta o nos queremos adaptar al ciclo natural y consumir sólo esta fruta durante su temporada de cosecha.

Las peras importadas del extranjero, a menudo son mucho más económicas debido a las condiciones injustas en que han sido recogidas y comercializadas

Este modelo globalizado de producción a gran escala con productos y procesos de producción menos saludables (cómo por ejemplo los llamados transgénicos) desbancan a los pequeños agricultores, que en muchos casos se endeudan o viven en dependencia de las reglas que marcan las grandes distribuidoras.

Más consumo local y de temporada

Esta larga cadena donde participan demasiados intermediarios y agentes artificiales se puede enderezar, acortando al máximo la distancia entre el campo o la granja y el comercio o el plato. Ante esta situación, las organizaciones de productores agrícolas proponen una alternativa: la soberanía alimentaria, que es el derecho a que cada país pueda definir sus políticas de producción de alimentos, dando prioridad a la producción y al consumo local. En definitiva, la soberanía alimentaria daría derecho a los agricultores a la tierra, al crédito y a producir alimentos, y también permitiría a los consumidores decidir de quienes quieren, cómo quieren y qué quieren consumir. También significaría el derecho de los países a protegerse de las importaciones agrícolas y de alimentos a bajo precio.

El consumo de alimentos de cultivo local y de temporada tiene innumerables beneficios, no sólo para nosotros, sino para todo el planeta. ¿Qué pasaría si cambiáramos el consumo de peras de importación por el consumo de peras locales y de temporada?

  • Se reducirían las emisiones de CO2 necesarias para su transporte.
  • La pera local se habría recogido en su punto óptimo de maduración y gracias a esto sería de mejor calidad que la que se ha recogido verde y ha madurado de manera artificial en contenedores.
  • Favoreceríamos al mantenimiento de la economía local y de una agricultura de larga tradición.
  • Conectaríamos con el ciclo natural de las estaciones.
  • Esta fruta nos aportaría las vitaminas necesarias para la estación del año en que nos encontramos.
  • Las peras de consumo local en realidad serían más económicas si tenemos en cuenta el coste energético que tiene para la tierra, importarlas de otros países.

Como consumidores tendríamos que tomar conciencia del gran poder que hay detrás de nuestra compra. Todos saldremos ganando, ¡Y aún más si compramos productos ecológicos! Nuestra salud y nuestro paladar nos lo agradecerán.

Tatiana Moret

Periodista

 

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